En todas las personas su mente y su alma tienen sus propios ciclos que pasan por diferentes estados como la soledad, el buscar y encontrar, descansar, pertenecer y hasta desaparecer. La vida es un cúmulo de experiencias que nos van dejando lecciones y nos forman para ser personas más fuertes y seguras. Cuando una mujer madura, las relaciones de pareja se vuelven diferentes desde su punto de vista. Hasta la relación que ha cultivado con ella misma cambia.

Se puede decir que al pasar los 40 es cuando la mujer experimenta la necesidad de volver todos sus esfuerzos hacia ella misma. Se trata de un punto emocional en el que aprenden a abrazar sus recuerdos, a bailar sobre ellos felices aunque sean tristes y tener una vida más calmada.

Es en ese momento en que abraza su alma más allá de sus equivocaciones, más allá de sus malas decisiones. A esa edad ella descubre un corazón sereno que bombea una sangre ardiente. La ayuda a comprender quién es, cuál es su esencia y su propósito en la vida. Comprende de la mejor forma sus fortalezas y debilidades. Porque todas tienen ambos y eso no significa que sea malo, por el contrario.

Volver la atención a tu ser interior es hacerte consciente de todo lo que ha transcurrido en tu vida hasta ese momento. Es resolver los conflictos personales que nacieron de la inmadurez.

Nace el amor maduro

No es cosa fácil madurar en asuntos del corazón, pero una vez que lo consigues, nace un gran amor hacia ti misma que se basa en la dignidad y el respeto. Y es que esos valores, desde cierta edad y ciertas vivencias articulan el resto de la vida nutriendo tu corazón.

Una mujer madura da mucho más de su capacidad natural de amar. Ella comprende que la trascendencia más real es verse contemplada a sí misma y todos los cambios que experimenta en su vida. La mujer irradia pureza pero se ve amenazada por una sociedad corrupta que las hace buscar un refugio, pero no en el que se deban esconderse sino del que parten para afrontar el mundo.

Así es como se dan cuenta que su verdadero hogar no está en ningún lugar remoto en el mundo ni al lado de alguien especial, sino dentro de sí mismas. El amor maduro es consecuencia de un proceso e individualización que puede ser doloroso.

Puede que ese momento de inflexión que transciende en la mujer llegue en unas antes y en otras después. Pero a todas les precede años de distracción tratando de hallar su verdadera identidad emocional.  Es decir, todas experimentan antes la filosofía de “saber dónde estás y cuál es tu lugar en el mundo”.

Ya sea por ingenuidad, por no poner atención a los detalles o por mera ignorancia, el proceso de madurez las hace a todas cambiar de piel. Todas creen que su vida va encaminada a un único destino y se aferran con fuerza a ello. Así es como una mujer vive con una idea errónea e incomprendida de su vida hasta que finalmente lo entiende.

Todas las experiencias la ayudan a fortalecer su descubrimiento emocional verdadero. Ese descubrimiento se alza como la perfecta oportunidad de recuperar los tesoros únicos y propios que hacen a una mujer abrirse a una nueva perspectiva: la determinación y el amor propio.

Como resultado, la mujer llega a un punto en el que alcanza la mayor sabiduría que la hace vivir y amar de manera diferente. Desde entonces ella se hidrata y se reconstruye a sí misma.