¿Qué te parece si cuidamos nuestra mente de la misma manera en que atendemos nuestro cuerpo?

El cuidado mental se erige como una estrategia de vida para estar en armonía con nuestro medio. Implica ejercitar el músculo de la autoestima, dominar la resistencia de la apatía, circular en mayor equilibrio con nuestras emociones y aprender a establecer filtros en nuestro círculo social.

Debemos estar conscientes de la popularidad que está tomando, en la actualidad, la orientación al cuidado de nuestra mente. Estrategias como el Mindfulness o el Wellness, los cuales, a pesar de tener diferentes orígenes y disciplinas, apuntan hacia un mismo fin: conceder un mayor equilibrio entre el cuerpo y la mente a fin de garantizar bienestar y también un efecto de control en nuestra vida.

Si ya nos hemos iniciado en alguna de las estrategias mencionadas o no, no está de más considerar unos sencillos aspectos. El bienestar psicológico obedece, ante todo, a una cadena de hábitos y estrategias que cada persona debe aprender a desarrollar en función a sus características. Para lo cual se requiere voluntad, creatividad y perseverancia.

El cuidado o higiene mental se transforma en una labor muy personal. Cada uno debe educarse en la técnica de ventilar, sanear y oxigenar sus escenarios mentales; sin olvidarse que somos parte de un contexto físico y social, lo cual incide en nuestro equilibrio. Es por ello que la higiene mental requiere de una visión holística, que involucra priorizar, enfocar, filtrar cualquier estimulo que nos invada para vivir con suprema armonía. A continuación, veamos algunas estrategias:

Aprende a reconocer la chispa antes que surja la llama

Aprende a reconocer las descargas pequeñas antes que surjan las grandes.

La mayor parte de nuestra experiencia emocional proviene de pequeñas descargas de sensaciones negativas que colapsan en nuestro cerebro. Estas surgen por los desequilibrios con nuestro entorno: un comentario que no nos gusta, pero que nos tragamos; una propuesta con la que estamos en desacuerdo, pero que ejecutamos, una situación que resolver, pero la posponemos, todas pequeñas descargas o chispas que acumulamos, a la larga se convierten en una gran descarga, donde nuestra mente queda indefensa: sin recursos y terminamos agotados en todos los aspectos.

Entonces, una primera estrategia en la que deberíamos enfocarnos es reconocer esos disparadores, estímulos que nos perturban y que debemos tratar lo más pronto posible. No dejes para mañana la preocupación que te incomoda hoy.

Prioridades claras, mejores decisiones

Un buen deportista conoce su cuerpo, sus límites y entrena diariamente para mantenerse y optimizar su rendimiento, este desempeño no proviene de la nada, sino que obedece a una buena planificación donde prioridades y objetivos están bien definidos.

Igual pasa con el cuidado de nuestro cerebro y de nuestra higiene mental debemos contar con nuestro propio plan, con nuestras prioridades identificadas. Deberíamos salir de casa vestidos con un propósito, calzados con unas metas, desayunados con una gran motivación…De esta manera, es como circulamos por nuestros complicados caminos con mayor madurez para decidir que nos conviene y que nos perjudica, que es aquello que debemos abandonar a fin de garantizar nuestra felicidad y bienestar.

Relaciones basadas en la reciprocidad

Una columna primordial para preservar y promover nuestra higiene mental es considerar el equilibrio de nuestras relaciones. Una relación no equilibrada presume un costo emocional muy alto. Nos lleva a invertir tiempo, esfuerzos, ilusiones y afectos en personas que no nos devuelven la misma energía que les entregamos, la misma reciprocidad.

Debemos estar conscientes que no todas nuestras relaciones van a ser simétricas en lo referente a dar y recibir; un ejemplo de ello lo vemos en la relación entre padres e hijos. No obstante, es imprescindible que nuestros lazos más importantes (pareja, familia, amigos) se mantengan equilibrados y sobre una simetría.

Aprender a tolerar la adversidad

Aquellas personas que se resisten a la adversidad, a la pérdida, al error y al fracaso quedan acorraladas en el desánimo, en el agobio, en la rabia y el malestar. Por el contrario, la buena higiene mental, necesita capacidad de crecimiento, expansión y flexibilidad. Así ocurre cuando uno es apto para vencer sus resistencias, aprendiendo a tolerar la adversidad, con la complejidad de la vida, y con sus vertientes más delicadas.

Debemos asumir los matices de nuestra realidad. Porque toda higiene nace de la capacidad de saber sanar. Y para curar tenemos que aceptar, antes que nada, la existencia de una herida, sin voltear la cara.

Una mente en equilibrio, una mente centrada

Un neurocientífico del centro Mente y Cerebro de la Universidad de California llamado Clifford Saron se ha centrado, en sus interesantes trabajos, en demostrar cómo el entrenamiento de nuestra atención influye en nuestras emociones. Una mente centrada y en equilibrio se convierte en bienestar y en un cerebro más sano.

Él nos explica que la mayoría de nosotros no somos conscientes de la inmensa plasticidad que poseen nuestros circuitos neurológicos. Si aprendemos a enfocarnos más en el presente, en lo que sucede a nuestro alrededor (no tanto en el pasado o en el futuro que aún no existe) serán mayores nuestras posibilidades, seremos más optimistas y con menos ansiedad.

Para lograr adiestrar nuestra atención, es de gran ayuda aprender a meditar. No obstante, hay otro aspecto que debemos considerar: una mente más centrada necesita a su vez un cuerpo relajado. Por ello, debemos favorecer un buen descanso nocturno, hacer siesta de 15 o 20 minutos, caminar, hacer estiramientos para calmar las tensiones musculares y mantener una dieta balanceada.

En resumen, la higiene o cuidado mental es una maravillosa estrategia de vida constituida por diversas actividades dinámicas y hábitos frecuentes orientados a garantizar nuestro bienestar físico y psicológico. Entonces, apliquemos los que más se ajusten a nuestras necesidades y comencemos hoy mismo a dedicarnos un poco de tiempo en el cuidado mental.