Nos olvidamos de decir adiós. Es cierto, ya no nos despedimos. La cultura de ahora es dejar de responder mensajes y llamadas y simplemente ignorar la existencia del otro.

Las personas ahora hasta pretenden que no conocen a otros cuando los ven por casualidad. Hay que admitirlo, actuamos como extraños, como si nunca hubiésemos lastimado a esa persona o como si ignoráramos por completo su dolor. Nos concentramos tanto en nosotros mismos que no somos capaces de considerar los sentimientos de los demás; así que ahora ya ni decimos una palabra amable como despedida. No damos un abrazo, ni siquiera les deseamos que estén bien.

Nos hemos vuelto personas distantes, invisibles cuando de emociones se trata. No buscamos un cierre a nuestras relaciones para seguir adelante; preferimos quedarnos con el dolor y la angustia por dentro, y cuando los miramos a los ojos simplemente damos vuelta y seguimos nuestro camino en otra dirección. Nos negamos a recordar que somos el motivo de tristeza de alguien más.

La verdad es que nos despedimos antes de poder decir “adiós”. Nos despedimos antes de conocerlos bien, de entenderlos, antes de escuchar lo que tienen que decir sobre cómo se sienten. Somos egoístas y nos alejamos para encontrar algo mejor y más emocionante. Dejamos que las personas que nos aman caigan como ladrillos al suelo para que se rompan, sin pensar en cómo se sienten, solo para reemplazarlas.

Nos alejamos y ni siquiera pensamos en si alguien salió lastimado porque en realidad, nunca prometimos nada así que no debemos nada. Hacemos que todo sea simple y divertido para que nadie nos tome en serio, pero los sentimientos siempre surgen y nos convencemos de que no lo vimos venir. Lo cierto es que somos culpables de haberlos hecho sentir de esa forma, y como reacción simplemente desaparecemos sin decir adiós.

Ya dejamos de despedirnos. No damos explicaciones ni le aseguramos a esa otra persona que todo estará bien. Solo desaparecemos como si nunca hubiésemos estado en primer lugar. Salimos con otra persona como si no hubiésemos herido a alguien más. Tomamos decisiones sin importar que alguien nos esperara con ansias para ser parte de nuestras vidas. Alguien que solo quería planificar una vida a nuestro lado, una vida plena y feliz, llena de mucho amor y dedicación.

Nos vamos y ni siquiera miramos atrás para ver qué es lo que estamos dejando. No intentamos volver, nada nos motiva a quedarnos, somos marionetas del deseo y las circunstancias. Nos negamos a revelar las emociones porque no queremos complicarnos, así que solo desaparecemos. Nos vamos porque alejarse es más fácil, es la forma más simple de mantener el control de nuestras vidas. Y lo peor, es que lo repetimos una y otra vez.

Nos alejamos para estar con alguien más que pronto también dejaremos fácilmente. Y entonces nos preguntamos, ¿por qué terminamos solos, frustrados y con vidas insatisfechas y miserables? Creo que la respuesta es clara.